​FOTOGRAFÍAS Y TEXTOS

La triste y pequeña esperanza africana

Reportaje de fotografía que muestra rostros y momentos cotidianos de los niños y niñas de la República Democrática del Congo. Infancias robadas en un país donde los más jóvenes sufren la parte más dura.

Los sueños y el maldito coltán

Todos los días numerosos jóvenes se acercan a los límites de las minas de coltán en la República Democrática del Congo. Su esperanza pende de un hilo, sólo esperan encontrar unos gramos de este valioso mineral para venderlo y poder sobrevivir un día más. Las empresas norteamericanas se aprovechan de este lugar para sacar las piedras y llevárselas al extranjero.

El mineral se utiliza en la mayoría de los aparatos eléctricos y este país alberga una de las mayores minas del mundo a cielo abierto. El 80% del producto se encuentra en la R.D.C y las empresas americanas lo exportan al extranjero. Mientras tanto África se muere de hambre. Al parecer uno de los continentes más ricos en recursos naturales es aquel que llamamos el tercer mundo. No tiene sentido. Ahora mira a los niños y piensa que ellos son la razón por la que tu móvil, televisor, microondas o cualquier aparato eléctrico estén funcionando.

Mientras tanto los niños y niñas se aferran a sus sueños, madrugan y trabajan con la esperanza de encontrar el mineral. Algunos querían estudiar enfermería, otros deseaban ser futbolistas y médicos. Es otra triste y dura historia de la infancia africana. Siempre luchando entre polvo y tierra, entre lagrimas y sonrisas.

Los ojos verdes de Evangeline   Lugar: Atlas (Cordillera), Marruecos

Rebeca y la niña de los sueños rotos

Los ojos siempre bien abiertos, la piel lisa y sin arrugas, la sonrisa perfecta y unas ganas tremendas de cambiar su pequeño mundo. De esta manera se presentó Rebeca entre los demás niños y niñas. Y desde luego así lo hizo conmigo una de esas tardes que pasaba con ellos. Aquel día se reunieron en circulo y cada uno empezó a contar una historia. Todas debían ser reales. Esa era la única condición. Entre comentarios, frases y risas se fueron pasando el turno hasta llegar a Rebeca.


Los ojos le brillaban y antes de comenzar con la historia dejó en balón en el suelo para que todos pudiésemos verle mejor.



“Mi nombre es Rebeca y esta historia me la relató mi madre hace dos semanas. No hace mucho tiempo una mujer encontró una pulsera en las tierras del norte. El brazalete era amarillo y tenía los bordes negros. El mismo día y después de haber hallado el abalorio se tropezó con un sobre lleno de billetes. Parecía un día de suerte. Llegó a casa  y nada más abrir la puerta vio que su hermano había vuelto del hospital después de una larga malaria. Con el dinero encontrado la familia marchó a la ciudad y comenzó una nueva vida. A los años, la mujer que había encontrado la pulsera, se licenció en medicina. Sabía que aquel brazalete le había traído suerte. Desde entonces jamás se la quita de su muñeca izquierda.”



Todos los niños y niñas miraron a Rebeca cuando acabó de hablar. Algunos quedaron atónitos y otros se reían. Decían que aquello era falso y que jamás ocurrió. Rebeca, triste y desilusionada, se levantó del circulo y marchó corriendo hacia su casa. Entre las risas de los críos y mi desconcierto observé que Rebeca se había olvidado el balón. Me levanté del grupo y corrí hacia ella hasta encontrarla en mitad del camino. La llamé y se detuvo. Le entregué el balón lo más suave posible pero se le resbaló de las manos. Se agacho a por él y descubrí que llevaba una pulsera amarilla con bordes negros en la muñeca izquierda.  Ella notó mi mirada y con una sonrisa se despidió mientras las hierbas altas de la sabana la ocultaron.



Entonces supe que la mujer del cuento era Rebeca. Había creado esa historia y soñaba con ella.  Quería mudarse algún día a la ciudad y ser médica para salvar vidas. Era la niña de los sueños rotos. Todavía hoy sigue presentándose  con los ojos bien abiertos, con una piel lisa y sin arrugas. Con esa sonrisa perfecta y las ganas de cambiar su pequeño mundo.

Sus nombres Ginet Y Fransua. Dos niñas congoleñas que posan ante la cámara para demostrar lo que muchos no hacen. En ninguna de las fotografías aparece explícitamente la acción de compartir, aún así os lo explico.



Una de las tardes, cuando el sol se escondía tras las montañas, repartí caramelos a unos 20 niños y niñas. En los ojos de aquellas criaturas no entraba más felicidad, tan abiertos y tan brillantes mientras sonreían sin parar. Parecía imposible que algo tan “normal” como un caramelo podría causar tanta alegría. Lo verdaderamente importante ocurrió más tarde. Ya que muchos de los niños y niñas, incluidas Ginet y Fransua, prefirieron abrir un solo caramelo y compartirlo de boca en boca.



Entonces pensé que aquel era el verdadero significado de compartir. Que mejor manera que hacerlo dulcemente, sin prejuicios y de forma desinteresada.

Sus rostros después de acabar con los caramelos son los fotografiados. Sus miradas son profundas y severas, como sí quisieran mandar un mensaje a los más profundo de nuestro corazón. Como sí quisieran compartir dulcemente otro caramelo.

Compartir de forma dulce

Ocurrió en el Atlas de Marruecos mientras cruzábamos toda la cordillera en todoterreno . Aldeas en mitad de las montañas, entre el desierto y la nieve que todavía perduraba en las cumbres más altas. Las casas construidas con adobe parecían camuflarse con el terreno seco y pedregoso. En una de las paradas apareció Evangeline. Bajó caminando por uno de los cientos de callejones sombríos y todos quedamos perplejos ante ella. Sus ojos, verdes como la primavera, eran maravillosos y destacaban con la tierra marrón en la que vivía.



Sin embargo olvidamos lo importante. Ella vestía un velo característico de las mujeres árabes conocido como Hiyab. Y te preguntas entonces si dentro de unos años le obligaran a colocarse el Burka, o si le obligaran a casarse con cualquier maltratador. ¿Te imaginas esos ojos verdes tras los hilos del Burka?  O tal vez, entre toda esta oscuridad, le practiquen la ablación. Quien sabe.

Entonces te das cuenta que aquellos ojos verdes eran la poca esperanza y respeto que quedaba para las mujeres en aquellas tierras. El rostro de Evangeline ya estaba ocultándose poco a poco con el Hiyab. Hasta que un día el Burka termine por taparlo y enterrar la poca esperanza que quedaba en aquellas montañas perdidas.

Los ojos verdes de Evangeline

Million Dollar Baby

La historia de Sansel. La niña que me ayudó a ganar el 1º Premio Internacional de Fotografía sobre Derechos Humanos que organiza CIVILIA

1º Premio Internacional de fotografía sobre Derechos Humanos en 2010

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Sansel es una niña congoleña de 7 años que conocí en el valle de Kansenia (R.D.Congo). Ella fue mi profesora durante los días que conviví en aquel valle perdido. En África cualquier niño podía ser nuestro "maestro de la vida". Una charla con ellos se podía comparar con unos cuantos años de colegio, instituto o universidad.

Ocurrió el 6 de agosto de 2010 cuando el sol estaba saliendo entre las montañas. Aquel día caminaba hacia la aldea de Kansenia para comprar fruta cuando en mitad del camino apareció una niña que portaba una gran azada. Comencé a sacarle fotos desde todos los ángulos y finalmente ella me preguntó:

-¿Te servirá de algo?

-¿Lo dices por las fotos? -respondí.

-Lo digo por todo esto -señaló con los brazos en todas direcciones y prosiguió-.No pregunto por las fotos, sino por tu experiencia en esta tierra. Las personas y los momentos que conozcas no serán como en cualquier otro lugar. África es diferente. No creo que sea mejor ni peor que otro lugar, pero sus encantos son tan grandes como las atrocidades que se comenten en él.

-¡Claro!- le dije confuso-. Desde un primer momento todo me ha sorprendido. Hoy lo has hecho tú mientras caminabas con esa azada.

-¿De verdad te he sorprendido? No veo nada extraño –dijo la niña mientras seguía caminando.

-Jamás había visto a una niña de 7 años portar una azada -le contesté rápidamente-. Por cierto ¿Cómo te llamas?

- Mi nombre es Sansel y el tuyo es Jairo -respondió la niña.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-En este lugar las noticias corren rápido. Tu eres nuevo y este es el primer año que viajas a Kansenia. Te quedas una temporada, ayudas con los proyectos y después te marchas –habló Sansel mientras fruncía el ceño.

Llegamos a la aldea los dos juntos y Sansel se adelantó al puesto y pidió unas larvas. Las mujeres de la tienda metieron los insectos en una bolsa y se las entregaron. Después  la niña marchó hacia las afueras de Kansenia y yo me quedé mirándola. No sabía que hacer. O compraba la fruta y daba media vuelta hacia mi casa o seguía a la niña con la que había dejado una conversación pendiente. Las mujeres del puesto me miraban y me preguntaban si estaba dispuesto a comprar algo, pero finalmente decidí seguir a la niña y comencé a correr. Mientras tanto me preguntaba si aquello merecería la pena. Sansel no había mostrado relación alguna, ni siquiera miró hacia atrás para despedirse, tan solo cogió su bolsa de larvas y marchó. Aquello me dolió mucho.

Por fin la alcancé y grité:

- ¡Sansel! ¡Otra vez estoy aquí!

-Sabía que ibas a volver –habló la niña mientras giraba la cabeza para mirarme.

Yo todavía estaba exhausto de la carrera que había hecho para encontrar a la niña y cogiendo aire le pregunté:

-¿De verdad te comes esos gusanos?

-No son gusanos. Son larvas y están bien ricas –dijo Sansel de forma orgullosa.

-Donde yo vivo se comen caracoles, pero los gusanos ni se miran –le contesté.

-¿Caracoles? ¡Que asco! –dijo la niña.

-Antes de llegar a los puestos de Kansenia decías que nosotros ayudamos y después nos marchamos –le hablé mientras seguíamos caminando-.Lo dijiste como enfadada, como si tuviera la culpa de algo.



Sansel no paraba de caminar. Estábamos subiendo un camino pedregoso y en lo alto se vislumbraba una torre de polvo que se perdía en el cielo. Como el humo de una hoguera de fuego que sube hacia arriba.

 

Sansel no tardó en hablar y dijo:

-No estoy enfadada. Agradezco todo lo que hacéis aquí. Sin embargo conozco tu mundo de oídas. Y quisiera pensar que después de todo nosotros también te ayudamos a ti. ¿Influirá todo esto cuando te vuelvas a casa? Ya sea a la hora de tomar decisiones o adquirir cualquier cosa sin necesidad ¿Valorarás el agua limpia que sale de tu grifo? ¿O la desperdiciaras como si fuera algo normal? ¿Compartirás tu comida con otros? ¿O tirarás a la basura todo lo que sobre? Por esas cuestiones y por muchas más que no voy a mencionar es por lo que me siento incomoda. Nosotros también te ayudamos y quiero saber si vale la pena.

-Yo, yo…no se  como responderte a todo esto –le dije tartamudeando.

-¿Sabes cuanto nos cuesta a los niños de Kansenia unos cuadernos y unos bolígrafos? –preguntó Sansel.

Ella caminaba más rápido y por un momento me dejó atrás en aquella interminable cuesta de tierra. Se detuvo en lo alto y espero mi llegada. Cuando estaba cerca de ella y con mi último aliento le respondí:

-No tengo ni la más mínima idea de lo que cuesta el material escolar a los niños del valle.

Entonces ella señaló el lugar donde nacía la torre de polvo. Allí, en mitad del camino, se amontonaban decenas y decenas de niños con azadas. Picaban la tierra seca y tapaban los baches y agujeros que complicaban la circulación. Cuando yo todavía miraba aquella situación Sansel se explicó:

-Cada verano los niños y niñas de este valle tenemos que trabajar en la carretera para poder tener unos cuadernos y unos bolígrafos al comienzo del curso. Aquí no tenemos opción para elegir comodidades. Deseamos estudiar y sacar unas buenas carreras para poder vivir de forma digna en un futuro. Algunos pensarán que estamos locos por perder nuestro verano para conseguir unos simples cuadernos, pero esta es la única esperanza y como he dicho no podemos elegir comodidades.



-Impresionante –dije todavía sorprendido-.No me imagino a los jóvenes perderse un verano por tener cuadernos y bolígrafos.


-Yo ahora voy con ellos. Me ha gustado hablar contigo. Espero que hayas aprendido de todo esto y que algún día nos volvamos a ver. En cualquier momento puedes venir con nosotros y probar la experiencia de trabajar para saber lo que cuesta un cuaderno.  –dijo Sansel sonriendo.

-Me lo pensaré .Yo también he disfrutado charlando contigo. Hasta pronto –le contesté.

Después comenzó a bajar la cuesta firme y decidida. Yo la miré hasta casi perderla de vista entre los demás niños y niñas que trabajaban en el camino. Y sólo entonces ella miró hacia atrás y con una pequeña sonrisa se despidió de mi. Aquel detalle me lleno de alegría.

En el camino de vuelta no paré de pensar en Sansel. Aquella niña me había dado la lección de mi vida. No había tenido jamás una conversación tan profunda. Sus palabras, directas a mi cerebro, se estrellaron y destruyeron todo lo que sabía. Todos mis valores, ideas y pensamientos dejaron de tener importancia y debía replantarme otra vez todo lo anterior.

Dos días después decidí probar la experiencia y acompañé a Sansel a trabajar en la carretera junto con los otros niños. Aquello fue más que increíble. Los niños tuvieron que enseñarme a utilizar una azada. Casi se me cae la cara de vergüenza. Yo no podía seguir el mismo ritmo que Sansel cavando y tapando los baches. Ellos se reían y muchos no daban crédito. En ningún momento lo hicieron con maldad. Me invitaron a sus juegos en el tiempo de descanso y me dieron a probar munkoyo, una bebida típica de aquel lugar.

Cuando estaba disfrutando de aquello y era consciente de todo llegó el momento de marchar para casa. No me gustó. Odié la situación. Sabía que no volvería a ver a muchos de los niños en mi vida. ¿Lograrían sus metas? ¿O se perderían en el intento? ¿Tanto sudor, polvo y lagrimas valdría la pena? Muchos de los niños podían acabar en la guerrilla que divide al país o terminar enterrados en alguna mina perdida de coltán. ¿Qué será ahora de Sansel? Grandes esperanzas se sudaban en aquellos caminos donde la sombra era escasa, donde un cuaderno podía decidir tu destino y escribir tu muerte o por el contrario tu éxito.



Al tiempo de aquel viaje presenté una fotografía en el Concurso Internacional de Fotografía sobre de Derechos Humanos que organiza la fundación de Derechos Civiles llamada CIVILIA. El lema era “Todos somos diferentes” . En la fotografía se mostraba a una niña que portaba una azada y caminaba por una carretera que se perdía en el horizonte. “El largo camino de la infancia africana” fue el título que escogí para la instantánea ¿Sabéis quien era la niña de la foto? Creo que no hace falta que lo diga. Y claro, a los meses me llegó una carta de CIVILIA en la que anunciaba el ganador del concurso. Sansel y yo quedamos primeros. Nos otorgaron un primer premio internacional y todo había sido gracias a ella.


En la entrega de premios realizada en Madrid tuvimos que salir para hablar sobre nuestros trabajos. Tenía que describir la fotografía y así lo hice. Con voz firme comencé.

“Esta instantánea tiene nombre: Sansel. La niña que vemos en la fotografía es la más exacta de las definiciones para el continente africano. Ella es luchadora y soñadora. Imagina un continente en paz y sin pobreza en todo momento. Trabaja todos los días para cambiar la oscura realidad y no descansa jamás. Como una vela interminable que arde y arde. Así es Sansel y de la misma forma lo es África para el mundo. Jamás la olvidaré y este premio ha sido gracias a su ayuda. Ella me mostró la cruda realidad y he querido mostrarla al mundo con esta fotografía. Ella todavía camina todos los veranos de forma firme y decidida por una carretera difícil y pedregosa. Donde el polvo y el sudor agrandan los baches de su futuro. ”



Ésta ha sido la forma con la cual he mostrado al mundo la historia de Sansel. Y ahora , como ella lo hizo aquella mañana en la que nos conocimos, te preguntaré:

¿Te servirá de algo?



"Diferentes" Historia de un albino

"¿Te imaginas que le arranquen los brazos o las piernas para hacer pócimas? ¿La piel y la sangre? ¿Imaginas el dolor? O peor todavía ¿El miedo?"





"Mi hermano es el leopardo, yo soy la lluvia que moja sus manchas. Como una ayuda que intenta borrar su destino y que no puede."

El rechazo social, el peligro del implacable sol en su piel y ojos, el asesinato y la persecución son temas conocidos para los albinos en muchos lugares del continente africano. La gente dice que son diferentes, brujos blancos con los que se puede traficar. Sus extremidades y su piel, sus huesos, la sangre y el pelo son importantes amuletos con los que realizar pócimas y rituales. Una prueba más de la estupidez y barbarie humana. Por lo menos hasta comprender lo que Bob Marley quiso decir, hasta entender que las guerras seguirán mientras en color de la piel siga siendo más importante que el de los ojos.

 

Mwende era un joven de 13 años y acababa de conocerlo en la ciudad de Likasi mientras paseaba en los alrededores de un internado. Estuvimos hablando sobre su familia. Jamás llegó a conocer a sus padres. Tenía una hermana albina a la que mataron como producto estrella para realizar magia negra. Ahora el joven Mwende vive con su otro hermano albino en uno de los centros de Likasi.



Caminamos juntos durante un rato y el joven quiso presentarme a su hermano.

-¡Espera! ¡Espera! Voy a la habitación y lo traigo –me dijo el muchacho.



Nada más sacarlo del habitáculo tuvo que taparle los ojos de la luz del sol. El pequeño, sujetado en los brazos de Mwende, comenzó llorar y su hermano calmó sus llantos con una canción que decía: La lluvia moja las manchas del leopardo, pero no se las quita. La lluvia moja las manchas del leopardo, pero no se las quita.

-Siento miedo y lastima por mi hermano. Nacer albino en esta tierra es una maldición. Yo no veo nada malo en mi hermano, aunque mucha gente lo considere algo negativo –dijo el joven.



-Esta vez será diferente. Te tiene cerca y seguro que le protegerás. No tengo duda –le respondí rápidamente.

-Yo cuido a mi hermano día y noche, pero algún día tendrá que ir a la escuela o al trabajo solo. No podré estar siempre a su lado y eso me da mucho miedo. Las personas son malas y puede que un día jamás vuelva a casa ¿Te imaginas que le arranquen los brazos o las piernas para hacer pócimas? ¿La piel y la sangre? ¿Imaginas el dolor? O peor todavía ¿El miedo? No entiendo por qué las personas cometen esas barbaridades. El es diferente, pero es una persona. En la selva viven pájaros de la misma especie y unos pocos cantan de forma distinta. Mi hermano es uno de ellos.



-Tu hermano será fuerte y aprenderá de ti. Seguro que todo acaba bien –le contesté.

-Eso espero. Ahora le canto todos los días la canción del leopardo. En la letra mi hermano es el felino, yo soy la lluvia que moja sus manchas. Como una ayuda que intenta borrar su destino y que no puede –dijo el joven.

Esa mañana pasó rápida. Quizá porque jamás logré comprender aquella situación, aquella oscuridad del ser humano, tan profunda y cruel como una noche de invierno. Ahora en mis oídos retumban canciones que dicen: La lluvia moja las manchas del leopardo, pero no se las quita. La lluvia moja las manchas del leopardo, pero no se las quita.

Lo esencial es invisible a los ojos

Aquella tarde transcurrió simple y sencilla. Con las flores en la mano intercambié palabras con los niños y niñas. Reímos, hablamos y jugamos durante varias horas hasta que el sol desapareció tras las montañas. No hubo nada impresionante, solo momentos que brillan por su simplicidad y sencillez.



Cuando todo quedó oscuro nos fotografiamos una última vez. Quería retratar aquel momento con mi cámara para no olvidarlo jamás. Salió en flash y todo quedó en silencio. Nos despedimos y una de las niñas me preguntó:



-¿Guardaras la flores?



-¡Claro! –respondí.



Sonriendo me contestó:

-La luz y el color abandonaran a las flores cualquier día de estos. Se marchitaran y quedarán oscuras y feas, pero deberás recordar que una vez brillaron. Aunque no veas en ellas aquello que te gustó, debes saber que lo esencial es invisible a los ojos.

Recuerdo perfectamente el momento. Sentado en el bordillo de la escuela mientras observaba a los jóvenes divertirse con el balón. De pronto dos niñas se acercaron.



-Estas flores son para ti –dijo una de ellas.



-¿De verdad? –le pregunté.



-¡Claro! –respondieron las dos niñas al unísono.



Antes de coger las flores fotografié a las niñas. Todavía recuerdo sus caras, la expresión de su rostro al regalármelas. Eran flores a simple vista, pero detrás de aquel gesto había mucho más. Color, luz y alegría. Belleza, amor y amistad. Entonces recordé la frase de mi amiga. “Muchas personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo pequeñas cosas puede cambiar el mundo”.



Tan solo fueron flores, diría cualquier persona. No fueron solamente flores, aquello fue un detalle, un pequeño gesto que cambia tu vida. Algo que se ablanda, que se oscurece y se pudre en tierra firme a pasado a ser el marca-páginas de mi libro. Los brotes destacaban con sus colores, ahora yacen oscuros y secos entre las páginas.

No las guardo por la belleza que ya no tienen, sino por lo que una vez significaron. Como un pequeño detalle que brilla ininterrumpidamente. Son estos los aspectos que cambian el mundo, la forma de verlo y sentirlo. No hay nada material en ellos y sin embargo me transmiten cosas que jamás llegaré a entender. Quizá sea lo esencial, la base de lo que somos y sentimos.



Tres vidas y una estrella








El joven se levantó asustado y salió hacia el patio trasero que rodeaba las habitaciones.
 
-¿Qué quieres pequeña? –preguntó Luwi.
 
-En el funeral dijiste que debemos mirar a las estrellas para ver cosas difíciles de creer –dijo Floran emocionada.
 
-¡Si! Tu abuelo nos contaba historias de ese tipo. Como si el cielo estrellado quisiera darnos señales de esperanza –contestó el hermano.
 
-Tienes que ver esto –habló Floran mientras le agarraba de la mano a Luwi.
 
Le llevó hacia la colina y allí se podía ver el cielo estrellado. Grande y profundo, brillante y espectacular como todas las noches.
 
Floran inclinó la mano hacia arriba y señalando la estrella que más brillaba le dijo a su hermano:
 
-Allí está Virginy.
 
Luwi no pudo evitar y unas lagrimas aparecieron en sus ojos. Aquel gesto marcará el resto de su vida y el resto de las nuestras. Quizá no fuera esta una historia alegre, pero al final de todo quedó la esperanza, como la estrella que brilla en lo más alto del cielo, como una pequeña luz que ilumina nuestra oscuridad.

Con la entereza de un adulto comenzó su discurso.
 
-Mi abuelo decía que debemos mirar el cielo nocturno. Acercarnos a la oscuridad de la noche y abrir bien los ojos para observar las estrellas. Quizá veamos cosas que jamás lleguemos a creer. Hoy estamos aquí por Virginy y lloramos por ella. La encontramos hace unos pocos años y estaba en la misma situación que nosotros. Todavía me acuerdo de su cara y sus ojos el primer día que nos conocimos. Estaba sentada en el bordillo de una de las calles más transitadas. Caminé con mi hermana hasta llegar a su lado. En ese momento Virginy alzó los ojos y nos vio. Le sonreí y ella alzó la mano, como si quisiera ayuda, como si entre toda esa oscuridad nosotros fuésemos a salvarla. Agarré de su mano y la levanté. A mi izquierda mi hermana y a mi derecha Virginy. Los tres agarrados proseguimos. No hubo palabras ese día. Los tres estábamos perdidos y lucharíamos contra todo.
 
Mientras Luwi hablaba su hermana Floran tiró de la mano para callarle. Ésta le pregunto:
 
- Luwi ¿ Volveremos a ver a Virginy?
 
-¡Claro! Volveremos a verle en su momento –contestó su hermano.
 
Acabó el funeral y nadie lloró . La pequeña Floran con su temprana edad no derramó ni una sola lagrima. Quizá porque no sabía todavía que era la muerte, quizá porque pensaba que volvería a verla pronto.
 
Llegó la noche y desde la habitación del orfanato Luwi se dispuso a dormir. Ya era tarde y cuando apagó las luces escuchó las voces de su hermana.
 
-¡Luwi! ¡Luwi! ¡Tienes que ver esto!
 

Los sueños llegan con la esperanza. Y esta se desvanece con historias tristes, como un cielo oscuro y vacío, sin estrellas que mirar y canciones que cantar. Hoy llegaron noticias de la República Democrática del Congo a través de un amigo que nos informa sobre la situación del país. Los rebeldes saquearon una posada cercana a la ciudad de Lubumbashi. Casualmente aquella mañana Virginy salió hacia la capital a la revisión del médico. Ella era una niña de 7 años que residía en uno de los cientos orfanatos de aquella zona. La pequeña debió volver el mismo día hacia el internado, pero jamás se volvió a saber de ella.
 
La historia de Virginy no es una historia cualquiera. Años atrás ella fue abandonada cuando apenas comenzó a andar en uno de los barrios más pobres de Lubumbashi. Cual fue su fuerza y alegría que logró encontrarse a las personas que más le necesitaban. Luwi, un niño de 6 años, caminaba agarrado de la mano de su hermana llamada Floran. Su aldea fue destruida y ambos sobrevivieron vagando por las calles de la ciudad. Un día mientras caminaban encontraron a Virginy y juntos emprendieron un nuevo viaje. Tres niños africanos, tres pequeñas esperanzas vagaron durante días hasta que finalmente fueron entregados al orfanato por la policía.
 
En la carta enviada por nuestro amigo se comunicaba la muerte de Virginy por parte de los rebeldes. Dos días después de su desaparición fue encontrado su cuerpo con varios disparos. Se celebro el funeral y Luwi, el más grande de los tres niños, dedicó unas palabras mientras agarraba de la mano a su hermana Floran.
 

 

Virginy 
Luwi
Floran
Floran y Virginy en el internado (2009)
-Rostros del alma-

Un escritor dijo una vez: Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra. Estos niños y niñas nos muestran sus caras como libros abiertos, como sí las mantuviesen al sol durante toda su vida. Sin mentiras ni prejuicios. Ellos nos enseñan con miradas y arrugas, con risas y lagrimas. Su disconformidad, su enfado y sus ganas de soñar corren por todas esas fotografías donde se muestran naturales. No hay espejos ni maquillajes. Tan solo el dulce rostro donde nos muestran su realidad.

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-Sueños de argonauta-

De repente un extraño sentimiento recorrió espalda y pecho. Como un cuchillo que frio y helado deja marcado un amargo pensamiento. 

- ¡Mira a cámara! ¡Mira a cámara! –le dije a la pequeña congoleña mientras nos retrataban.
 
Repasé las fotografías que nos habían sacado y la niña salió mirando hacía otro lado. Quise sacar otra instantánea, pero comenzó a preguntarme cosas. Su nombre era Elena y vivía en una de las aldeas más remotas del sur del Congo. Aquel día repartimos globos a todos los niños del lugar. Saltaban, gritaban y corrían de un lado para otro como locos.
 
De pronto ella preguntó:
 
-¿Y para ti no hay globos?
 
-No. Creo que repartí todos los que teníamos. –respondí a Elena.
 
Giró la cabeza y mirándome dijo:
 
-Si quieres puedo dejarte por un rato el mío. Te lo traigo y juegas con el.
 
De repente un extraño sentimiento recorrió espalda y pecho. Como un cuchillo que frio y helado deja marcado un amargo pensamiento ¿A caso un globo se podía compartir? Algo que puede desaparecer en segundos. Un objeto punzante o un suspiro podría reventarlo en cualquier momento y acabar con el. Quizá solo fuera un globo, pero para alguien que no ha visto uno hace años pueden ser millones  de cosas más. Un mundo nuevo, una sencilla diversión, el planeta de tus sentimientos, el terreno donde olvidas tu penas o cualquier otra fantasía.
 
El globo era frágil. Elena lo sabía y no había jugado con ellos desde hace dos años. Aun así se ofreció a compartirlo. Le salió del corazón y así fueron sus palabras.
 
La niña se levantó y antes de marcharse habló:
 
-Me gusta jugar con ellos y hacerlos volar por todos los lugares que un día espero poder visitar. Quizá la ciudad o sus gentes, los alrededores y sus historias. Tengo muchos sueños que me gustaría cumplir. De momento me conformo con hacer volar el globo por encima de los arboles. Siento que vuelo junto a el y observo lo que hay más allá. Y lo que veo son mis deseos y mis miedos, mis alegrías y mis penas. Así hasta que tiro de la cuerda y lo hago descender, sólo entonces  vuelvo a quedar atrapada en mi realidad. No me disgusta este lugar, pero no conozco a nadie que no tenga sus propios sueños.
 
 
Elena se despidió y se alejó hacia un claro donde los arboles no podían reventar sus deseos. En la mano derecha la cuerda que ataba el globo, la nave de sus sueños dispuesta a volar y convertirla en la primera argonauta africana. Que felicidad más simple y sincera. Quizá esta sea la única y verdadera clave para sonreír. Estos pequeños detalles que cambian el mundo que nos rodea.
 
Y observando la primera de las fotografías nos damos cuenta que Elena no miraba a cámara por una sencilla razón. En ese momento observaba como sus amigos y amigas jugaban con sus respectivos globos. Ni siquiera aguantó el segundo que tarda la cámara en sacar la fotografía, quizá por que sus sueños son grandes y fuertes, quizá porque no había tiempo que perder, quizá porque la nave debía despegar cuanto antes y sobrevolar los cielos más apasionantes.

-Un pequeño trocito de La Habana-

La Habana late con fuerza, como un  personaje de ficción que te atrapa en la primera página de una novela.

La brisa del mar entra por el malecón hasta llegar a las calles agrietadas de la ciudad. Los latidos se acrecientan con nuestros pasos, como una ciudad que late y tiene vida propia, como un hervidero de sorpresas que embauca al más cauto.
 
Decía un escritor que podrían escribirse páginas y páginas sobre todo lo fantástico que ocurre en esta ciudad. Y no es para menos. Antaño fue una isla de piratas y un enclave importante de todo el mar Caribe. Esclavos de todos los lugares llegaban para trabajar, barcos cargados de especias e historias plagadas de aventuras se quedaban el una isla que se ha nutrido de muchas culturas ; creando al final una identidad propia.
 
El corazón de la isla cubana enamora. Estas fotografías no son más que un pequeño capítulo de una ciudad que tiene mucho que contar. Y es que La Habana late con fuerza, como un personaje de ficción que te atrapa en la primera página de una novela.

Las arrugas de La Habana

Las arrugas de La Habana

Observándote

Observándote

Calles y colores

Calles y colores

Atardecer 

Atardecer 

Años atrás

Años atrás

Hospitalidad cubana

Hospitalidad cubana

¿Qué está pasando?

¿Qué está pasando?

Luz tras la ventana

Luz tras la ventana

Calle San Lazaro

Calle San Lazaro

Grietas del destino

Grietas del destino

Filosofía en las paredes

-Cuando las calles hablan-

-Callejón de Hamel-

El fango es tan débil que si lo pisas te hundes en él. 

Sin embargo hay personas más debiles que el fango dispuestas a hundirse.  Salvador

-Abuela, ¿Por qué luchan los pueblos?

 

-Por el amor y el respeto

 

-¿Y los poderosos?

 

-Por el oro y por el ocio.

Arte soy entre las artes y en los montes, monte soy. -José Marti-

 

Si me ves hablando solo no te preocupes.

Son cosas que me preguntan y sencillamente doy respuestas.

Salvador

El miedo es solo un nombre, un poquito de nada en el pecho.

Nadie nunca lo ha visto, pero todos hablan de su imperio.

Unos dicen que no existe, otros que es cierto.

Vence al tuyo y ayuda a los más débiles a vencerlo.

Excilia Saldaña

El presupuesto de esta obra es saber dar sin esperar nada a cambio.  Salvador

-Abuela, ¿Qúe es la envidia?

-La muerte lenta y terrible de los que no tienen nada.

 

 

-¿Por que existe el odio, abuela?

-Porque esa pobre palabra, de niña, nadie le dijo: "Eres bella"

 

-Abuela, ¡Qué difícil debe ser estar mil y una noches sin dormir!

-Yo pienso que más lo es estar mil y un días sin vivir.

 

 

-Abuela ¿Que es el rio?

-Las lagrimas de un gigante por un amor perdido.

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Cabuyal, un lugar para soñar

Cuando lo cotidiano se convierte en extraordinario

Llega la noche y las estrellas están en lo alto. La playa salvaje de Puerto Cabuyal no tiene luz artificial, sólo el resplandor del universo. En la oscuridad se observa una luz, es un niño que porta una linterna y camina pausadamente de cabaña en cabaña. Allí esperan sus amigos y amigas. Cuando ya están todos se apresuran hacia la playa. Entre sus voces sólo puede escucharse el ruido de las olas. Muy cerca de la orilla les espera una anciana que les acompañará en el paseo nocturno.
 
-¿Ya estamos todos?- preguntó la mujer.
 
-¡Si! ¡Toditos!- respondieron los niños y niñas.
 
Entonces se pusieron a caminar descalzos cerca del agua, sintiendo el  frescor del gran océano Pacífico. Aquella noche buscaban el gran tesoro que habita en esos lugares inexplorados. Unos seres centenarios con una gran coraza que les protege. Y es que allí, entre la piel y la arena de sus pies, habían decenas de nidos ocultos que no se dejaban ver.
 
-¡Silencio por favor!-replicó la anciana para que todos los niños se callasen.
 
Entonces todo quedó en silencio. Los niños sabían que la anciana conocía la playa como la palma de su mano y ese aviso fue la señal de algo espectacular. De pronto, entre la oscuridad, escucharon todos que algo se arrastraba desde la orilla, nadie podía observar con claridad ,pero un ser extraño se apresuraba hacia ellos.
 
-¡Mayerly! ¡Mayerly! Enciende la linterna por favor.-dijo la anciana a una de las niñas.
 
Entonces la pequeña Mayerly intentó encender varias veces la linterna hasta que todos supieron que la batería se había agotado. Los ruidos que provenían del ser extraño se escuchaban todavía más, estaba más cerca y nadie podía ver nada. La anciana metió la mano en su bolsillo y sacó una cerilla. Cuestión de segundos se iluminó la escena. Todos vieron a la gigantesca tortuga arrastrándose hacia la zona alta de la playa, allí donde las mareas no le alcanzan. Todos acompañaron al centenario reptil hasta que escogió un lugar para desovar.
 
 
Lo cierto es que nada de esto es casual, ni siquiera  las ballenas que se dejaron ver aquella noche mágica mientras los niños todavía paseaban en la orilla. 

Todos lo disfrutan

Todos lo disfrutan

Que llueva

Que llueva

Tranquilidad

Tranquilidad

Los colores del mar

Los colores del mar

Puerto Cabuyal y la historia de la esperanza

Imaginen entonces una playa salvaje de aguas azules, tortugas centenarias y ballenas. Detrás la selva protegida por lo pumas y los ojos de agua que brotan del centro de la tierra.  Y finalmente, en la mitad,  la comuna de Puerto Cabuyal con aproximadamente 40 familias. Bienvenidos a la tierra de la esperanza, a la comunidad de los sueños.
 
Nos situamos en la costa ecuatoriana, entre las localidades de Jama y San Vicente se encuentra la comuna de Puerto Cabuyal.  Hora y media de coche les separan de cualquier carretera asfaltada por caminos polvorientos y llenos de fango. Allí viven 40 familias sin apenas contacto con el mundo exterior. Hasta hace muy poco años nadie la conocía, pero una serie de proyectos innovadores han proyectado a esta comunidad al futuro, a un porvenir sostenible.

Caos, ritmo agitado, contaminación, destrucción del medio ambiente, consumismo sin sentido y el estrés son algunos de los muchos factores que los habitantes de Cabuyal desconocen. Ellos no están contaminados ni por dentro ni por fuera. Su espíritu es sano, transparente  y limpio. 

Todas las familias de este lugar tienen su casita de caña. Construidas conforme a su cultura son cabañas que respetan el medio ambiente y el entorno. El mar con los pescadores y la tierra con los agricultores. Así viven la gente de esta zona de Ecuador. Por las mañanas salen a la mar en busca pescado fresco montados en sus pangas. Y al mismo tiempo otros caminan a labrar sus tierras para recoger sabrosas frutas como la maracuyá.

Ocelote
La selva les protege

La selva que les protege esta rodeada de ojos de agua, así le llaman ellos a los yacimientos de agua potable que brotan del centro de la tierra y que abastecen a todo el pueblo. Los ocelotes son los otros protagonistas de este ecosistema. Escondidos en la espesa selva la vigilan día y noche con sus grandes ojos. Y con pequeños rugidos nos avisan de su presencia, como queriendo decir que aquel territorio es suyo.

Decía Mandela que la mejor arma es la educación. Y por esa razón se ha convertido esta comuna en un lugar especial y reconocido en varios lugares del planeta tierra. Su escuela, conocida como Nueva Esperanza, es conocida por su estructura arquitectónica y metodología de la misma.

Nueva Esperanza, la nave del conocimiento

Arquitectura
 

La escuela fue diseñada por varios arquitectos de la asociación Al Borde. Su estructura tiene forma de barco y está construida respetando la cultura de la comunidad, con cañas guaduas traídas de la selva y material seleccionado de nuestra madre tierra. La puerta de entrada de Nueva Esperanza es una rápida lección de física, fuerzas y poleas. Fue pensado para que simulara una nave espacial y que los niños pudieran viajar en la nave del conocimiento. Las habitaciones que la forman están plagadas de luz natural y la vista es hacia el océano Pacífico. Una perfecta combinación para que los pequeños estudien y aprendan en contacto con la naturaleza, sin paredes de hormigón y lugares oscuros.
 
Todos los Puerto-Cabuyalenses tomaron parte en la construcción de Nueva Esperanza. Fue una labor comunitaria que ha ganado varios premios a nivel internacional sobre arquitectura solidaria. Uno de los premios se obtuvo en Medellín y el segundo en París.

Viajando

Viajando

Espacio perfecto

Espacio perfecto

Lectura

Lectura

Felipe, el profesor voluntario

Felipe, el profesor voluntario

Diseñando la nave del conocimiento

Diseñando la nave del conocimiento

Diseñando la nave del conocimiento 2

Diseñando la nave del conocimiento 2

Calendario de sueños

Calendario de sueños

Mascara de Nueva Esperanza

Mascara de Nueva Esperanza

TODOS

TODOS

Felipe y el diseño de la nave

Felipe y el diseño de la nave

Todos colaboran

Todos colaboran

Esfuerzo de todos

Esfuerzo de todos

Construcción

Construcción

PROCESO

PROCESO

VOLUNTARIOS

VOLUNTARIOS

LOS SOÑADORES

LOS SOÑADORES

MAQUETA

MAQUETA

Metodología
 
Múltiples opiniones rodean a la metodología que se imparte en la escuela Nueva Esperanza. Aunque lo cierto es que todos los niños están deseando salir de sus casas para pegarse su viaje en la nave del conocimiento. No hay profesores, solo personas que guían a los niños; no hay obligaciones, solo deseos. La metodología de este lugar se basa en el respeto al niño y la libertad del mismo. El “profesor” Felipe Gangotena, que dejó todo para dedicarse a los niños y niñas de Puerto Cabuyal, nos dice que los niños pueden elegir que estudiar y que leer en cada momento. Para que  ellos mismos puedan elegir su propio camino desde pequeños. Estos prematuros soñadores son alegres y tienen cientos de objetivos. Unos ya leen libros sobre el universo, la Via Lactea y las nebulosas. Quien sabe si alguno de ellos llegue a ser el descubridor de alguna nueva estrella o la siguiente persona que pise la luna. No sobran palabras, conocimientos y esperanzas.  Y es que las compuertas de la nave Nueva Esperanza se abren todos los días para viajar a otros mundos y conocer nuevos sueños.

CON TODO Y NADA

 

Y volvemos al comienzo, cuando la anciana paseaba con los niños y niñas en la playa. Allí estaba yo, escuchando y observando como transcurría la historia. Ya era tarde y estábamos a 10 minutos del amanecer. La noche fue especial, estrellas en el cielo, tortugas centenarias y sonidos de ballenas en un silencio natural. No daba crédito de todo lo que había visto y menos de todo lo que había sentido. La anciana miró a los niños y después de se dirigió a mi.
 
-Nosotros no tenemos coches, no tenemos móviles, no tenemos casas de hormigón oscuras y frías, no tenemos muchas cosas, pero nunca nos hicieron falta. A cambio tenemos una playa sólo para nosotros, tenemos nuestra casa de caña con una vista preciosa al océano. Pescando y labrando la tierra nos alimentamos. No tenemos prisa ni estrés, somos una comunidad unida y nos gusta compartir. Vivimos para nosotros. Y si lo piensas fríamente ¿Quién vive mejor? ¿Usted o yo? Deberías pensarlo y si acaso, para que no se le olvide, sacarte una foto con estos pequeños soñadores.
 
Y salió el sol por la mañana después de ese comentario. Y de esta manera decidí tomarme una foto para no olvidar esa lección de vida. Porque como suelen decir: no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.

DE OXIDO Y HUESO

Relato de la fragilidad del ser humano y su delgada línea para vivir y morir. De superar las dificultades con historias que nunca sabremos si son reales.

María se llamaba la anciana que yacía en la cama. No podía hablar ni moverse, pero tenía una gran historia escrita en un papel amarillento que guardaba en una pequeña cajita.

María se llamaba la anciana que yacía en la cama. No podía hablar ni moverse, pero tenía una gran historia escrita en un papel amarillento que guardaba en una pequeña cajita.

Podría parecer un día cualquiera de trabajo, pero con cámara en mano viajamos a uno de los barrios más pobres de la costa ecuatoriana.

 

Apenas unos 20 metros cuadrados de casa. Dos habitaciones oscuras y separadas por una sabana polvorienta y ajada, como las propias historias que se escuchaban entre esas cuatro paredes. Como si la tela colgada con cuatro antiguas cuerdas quisiera simular las amarillentas páginas de un libro con un gran relato que contar. Los ladrillos grises decoraban las paredes de aquella pequeña vivienda donde vivían diez personas de una familia humilde y dedicada desde tiempo atrás a la pesca. La abuela llamada María y que rondaba los cien años yacía en una de las pocas camas oxidadas que había en una de las habitaciones. Ella ya no podía hablar ni moverse. Tan solo parecía escuchar las tenues palabras de su hija Sonia, que con 53 años también estaba ciega y padecía diabetes. No era esperanzador, pero se trataba de la cruda realidad. Entramos a grabar dentro de la casa con pura cautela, como pasos de ciego, con sumo respeto y aterrorizados de aquella gigantesca tormenta que se nos echaba encima.

Cuando llegamos Sonia caminaba frente a su casa y se guiaba por una cuerda para no perderse.

Nada más llegar una pequeña personita nos daba la bienvenida.

Allí se acurrucó Sonia para empezar la entrevista, junto a una pequeña parte de su gran familia.

Junto con nosotros estaba una voluntaria italiana que se dedicaba a visitar a los enfermos de aquella zona de la costa ecuatoriana.

 

La familia entera nos brindó su hospitalidad y así comenzó la gran historia, la gran fábula del ser humano y su fragilidad para vivir y morir.

 

-¿Sabes que tu madre está muy enferma verdad?- preguntó la voluntaria italiana a Sonia.

 

Y ella respondió: -Lo se, pero no puedo hacer mucho más. Estoy ciega y apenas puedo ayudarle. Lo hace todo mi familia. Nos ayudan a las dos.

 

-Eso es perfecto. Tener siempre personas que nos ayuden es fabuloso.- contestó la italiana.

 

Los niños correteaban y observaban nuestras cámaras mientras la conversación se encauzaba en un camino más profundo. Sonia, sentada en la cama junto a su familia, dijo:

 

-Es una situación difícil. Debería cuidar de mi madre ciega y no puedo hacerlo porque yo también lo estoy. Con cinco hijos y ocho nietos que ni siquiera puedo verlos. Crecen y crecen, todo a mi alrededor cambia y no veo más que una cueva negra. ¡Maldita ceguera!

 

-Pero debes saber que no estás sola en esa oscuridad y que toda tu familia cuida de ti.- respondió la voluntaria.

 

- Lo se, pero me acuerdo del mar azul en el que he pasado tanto tiempo y ya olvidé como era ese color. Mis nietos que nacieron. Conozco su nombre ,pero no su rostro y la forma de sus pequeñas caritas que no paran de sonreír. Me pregunto como serán sus sonrisas o si serán altos. No puedo ver en un mundo de colores. Es un pequeño castigo del destino. Siento como si me hubieran metido en un cuarto oscuro lleno de gente en el que nunca se enciende la luz.- dijo la madre con ciertas lagrimas en los ojos.

La voluntaria italiana junto a Sonia. La ancianita padece diabetes y ceguera.   

Entonces Sonia se levantó y camino pausadamente hacia su viejecita madre. Le agarró de la mano y ella no dio señales. La anciana yacía en la cama oxidada sin moverse. No le quedaban muchos días. La familia humilde siempre hizo todo lo que pudo por ella. Y de esta forma Sonia giró la cabeza hacía la voluntaria y con unas lagrimas preguntó:

 

-¿Por qué?

 

La voluntaria italiana tragó saliva y en segundos de silencio eterno todos nos quedamos pensando.

 

-La vida no siempre es buena. En ocasiones nos arrebata personas o nos enfrenta a situaciones difíciles. Quiero pensar que los malos momentos son los preámbulos de buenos momentos. Y que tu madre, tumbada y sin dar señales en la cama, siente que estás a su lado y que aprietas su mano todos los días y todas las noches. No puede responderte porque su cuerpo no tiene fuerzas y no le quedan muchos días de vida, pero María te escucha y te siente. De eso estoy segura.- dijo la italiana firmemente.

 

Mi cámara tembló y dejé de grabar. La agache hacia abajo y aparte la mirada de la pantalla para observar la realidad de aquella situación. Sonia era la mujer que mantiene a una familia numerosa, además de atender a su ciega madre en estado vegetal. Con escasos recursos y con tremenda voluntad. Aquello fue demasiada información en pocos segundos, en apenas unos diez metros cuadrados donde todos mis pensamientos estaban dando vueltas.

La voluntaria italiana atiende a María, una persona que oculta una gran historia   

Quizá aquel fue el final, pero la gran moraleja no acababa sino de empezar. Estábamos en el ojo de la tormenta, desnudos, desprotegidos y débiles ante la gran historia que se nos acercaba. En la pequeña habitación seguían correteando los pequeños y Sonia, sin soltarle de la mano a su madre prosiguió:

 

- Estoy tranquila en mi conciencia, siento que hice todo por mi madre. Aun así me cuesta verla tan mal. Como si en vida ya estuviera muerta. Y como te dije….

 

De pronto Sonia tartamudeo y dejó de hablar para girar la cabeza hacia su viejecita madre.

 

-¡Me apretó la mano! ¡Me apretó la mano!- gritó.

 

Y todos nos acercamos hacia la escena. Como si fuera parte de un milagro, pero así fue. La anciana estaba agarrando fuertemente la mano de Sonia y no la soltaba. Parece como si hubiera escuchado la anterior conversación y quisiera responder.

 

-¿Y ahora que hago?- preguntó Sonia todavía sorprendida.

 

La voluntaria italiana respondió:

 

-Ahora disfruta. Solo disfruta.

 

-Quizá quiera que le salve de la muerte, como hizo su padre hace mucho tiempo.-dijo Sonia mirando a la italiana.

 

Entonces la voluntaria no entendió nada. Desconocía totalmente a que se refería. Y así ocurrió con todos los que estábamos en la habitación. No sabíamos que quiso decir. Sonia, todavía agarrada a la mano de su madre, mandó a uno de sus nietos que fuera a por una cajita negra que escondía debajo de una de las camas. El niño se agachó y sacó el pequeño cofre polvoriento que pedía su abuelita. La mujer agarró el cofre y descubrió un pequeño papelito amarillento. Empezó a desdoblarlo poco a poco con delicadeza para no romperlo en trozos. Tardó unos segundos hasta que al final pudimos ver todos que un texto posaba en ese viejo folio. Sonia se lo entregó a la voluntaria para que todos pudieran conocer aquella increíble historia escrita a mano por María. La anciana que yacía en estado vegetal en aquella cama.

 

-De las historias que conozco sobre la vida y la muerte esta es la que más me cautivó. Las palabras de este ajado papel fueron escritas por mi madre. Y aunque ahora yazca en mi humilde casa sin poder andar, moverse y hablar tiene una gran historia que contar. Ella escribió este relato después del tremendo accidente que ocurrió hace mucho tiempo.-pronunció Sonia mientras miraba fijamente a todas las personas de la habitación.

 

Yo estaba todavía asimilando las anteriores historias cuando la voluntaria italiana se dispuso a leer la vieja historia escrita por la anciana. Un relato detrás de otro, una aplastante avalancha de sentimientos y emociones estaba por llegar.

La familia entera se dispuso a escuchar la gran historia que la voluntaria comenzó a leer.   

La italiana comenzó a leer y los demás escuchamos.

 

La historia así decía.

El sol estaba en lo alto del cielo y las grises nubes lo comenzaron a tapar. De pronto todo quedó oscuro y muchos de los pescadores todavía navegaban en el mar. La olas del Pacífico golpeaban con fuerza las pequeñas barcas que habían salido de pesca. Todo eso me preocupaba mucho. Y es que yo estaba allí, en la barca de mi padre a diez kilómetros de la costa cuando todo ocurrió. No se acostumbraba mucho a llevar a chicas en las embarcaciones porque estas daban mala suerte, pero mi padre no hacia caso a esas estupideces y siempre que podía allí estaba yo. Tirando de redes y subiendo todos los peces en la embarcación.

 

Éramos humildes y la barca de mi padre ya tenía 15 años. Ajada y con varias maderas casi podridas nos lanzábamos a la mar en busca de comida para toda la familia. Y aquel día de olas gigantes y nubes negras hizo que todo cambiara. Lo primero que se hizo notar en el cielo fueron los truenos , los relámpagos y la lluvia. Mi padre me miró y comenzamos a subir las redes. Era la señal para volver a casa.

 

No se como ocurrió tan rápido pero en apenas tres minutos todo se encapotó y el mar se convirtió en un monstruo de olas grandes que comenzaron a golpear sin piedad la embarcación. Nuestra barca apenas media 3 metros y era presa fácil para las grandes embestidas del océano. Mi padre subió una de la redes encima de la barca y todavía nos quedaba otra por subir. No era fácil, pues la barca se tambaleaba de un lado para otro y las olas entraban empujándonos hacia fuera. Mi padre gritó y ordenó que me quedase sentada y agarrada a una de las esquinas de la barca. Con la mitad de la última red recogida mi padre decidió cortarla con dos piedras y así poder llegar a puerto cuanto antes. Ya sin redes y con todo listo mi padre comenzó a remar entre golpe y golpe. A mi no me dejaba hacer nada, tan solo me agarraba a la embarcación y miraba su cara de desesperación. Las grandes olas llenaban de agua toda la barca y apenas podíamos escucharnos. El agua nos golpeaba sin piedad, sin saber todo el miedo que teníamos. Mirábamos hacia la orilla y no la veíamos.

 

Entonces todo ocurrió en un segundo, me quedé inconsciente. Con los ojos entre abiertos y los pulmones llenándose de agua. Me estaba ahogando bajo el mar. Una gran ola de diez metros había golpeado la barca y nos había tirado al profundo y oscuro océano. Yo no pude responder, pues una de los remos me golpeó la cabeza y quedé inconsciente. No recuerdo muy bien esos momentos que preceden a la muerte, pero entre ese oleaje bajo el mar mientras mi cuerpo se hundía pude escuchar el sonido de las ballenas y las olas que se estrellaban con otras en aquella perfecta tormenta. Mis pulmones comenzaron a llenarse de agua y poco a poco la luz y los sonidos se fueron desvaneciendo. En aquella oscuridad sin precedentes mi cuerpo flotaba en la inmensidad del océano Pacífico.

 

De pronto unos gritos y una mano agarrando la mía. Era mi padre que consiguió agarrarse a la pocas maderas en las que había quedado la barca. Por último, como aguja en el pajar, agarró mi mano antes de que me hundiese más y por increíble que parezca no tiró hacia arriba. Apretaba mi mano una y otra vez, pero mi cuerpo no respondía, esperaba que le contestase con otro apretón. Imagino que no quería sacarme del agua y ver que su hija ya estaba muerta. Como si no quisiera enfrentarse a la realidad. Por eso acabé por responder y devolví mi apretón de manos con las últimas fuerzas que me quedaban. Y en ese instante mi padre me sacó del agua y comencé vomitar todo el agua que había tragado. Agarrados de la mano quedamos flotando con apenas dos maderas en la inmensa tormenta. Mi padre me agarro con todas su fuerzas hasta que acabaron las olas gigantes y así terminó la tormenta.

 

Fueron unas horas intensas hasta que el mar quedó en calma. Perdidos estábamos en la mitad del océano flotando en una tabla que empezaba a desquebrajarse. Me acuerdo perfectamente de esos momentos. El mar nunca había estado tan en calma. Solo nuestros pequeños aleteos movían lo que parecía una bañera. El sol comenzó a descender. Mar y cielo se pintaron de un color rojizo.

 

“¿Estás bien?” Pregunto mi padre.

 

“Si si si estoy bien” le respondí mientras agarraba su mano.

 

De pronto note una presencia bajo mis pies y grité: ¡Hay algo bajo nosotros!

 

“Tranquila María, no son tiburones, sino delfines” dijo mi padre.

 

Entonces ocurrió una de las cosas más maravillosas que había visto jamas. Un grupo de delfines pasaron junto a nosotros saltando en ese anochecer espectacular. Parecía como que tocaran el mismo sol. Fueron unos minutos de silencio. Los dos nos quedamos mirando atentamente hasta que de pronto la madera terminó de romperse.

 

“¡Papa! ¡Papa! No nos queda nada a que agarrarnos. No quiero morir por favor. ¿Qué vamos hacer?” grité a mi padre mientras lloraba.

 

Al momento me cogió de la mano y me dijo que agarrase sus hombros lo más fuerte que pudiese, que él nadaría por mi todo el tiempo que pudiese y que todo saldría bien. El sol se fue y dio paso a la luna. Mi padre ya estaba cansado de nadar y empezaba a preocuparme. Comenzó a tragar agua porque sus aletazos no tenían más fuerza para sujetar su cuerpo y el mío.

 

Dicen que después de la tormenta siempre llega la calma. Y así fue. En esos momentos donde no esperas que nada salga bien una pequeña esperanza surge flotando. Un tronco se cruzó en nuestro camino y ambos conseguimos agarrarnos. Al día siguiente la corriente nos arrastró hacia la playa y los dos nos arrastramos por la arena como dos tortugas. Las autoridades nos encontraron y nos llevaron a nuestra casa.

 

Besos, abrazos y gritos de alegría nos recibieron al llegar. Nos daban por muertos y allí estábamos con una gran historia que contar. Un año después del sorprendente accidente escribo esta carta y todavía no consigo olvidar esos pequeños momentos que preceden a la muerte. Los sonidos de las ballenas y las olas golpeándose unas contra otras. Yo estaba sentada junto a mi padre cuando las autoridades hablaron con él.

 

La policía le preguntó que pasó en ese accidente y le habló de la gran tormenta, de las olas gigantes, del tronco que nos salvó la vida y de los delfines que nos indicaron la dirección correcta. Las autoridades dieron por mentiroso a mi padre. No se había dado tal tormenta y todos los pescadores habían vuelto tranquilamente a sus casas aquel día. Además de afirmarnos que jamás han existido los delfines en aquella zona. Curiosas son las cosas que pasan en la vida, pero nadie supo realmente que aconteció en aquel día que navegamos en el mar.

Tres

Tres

Las niñas posan tras nuestra salida

Los sueños ruedan

Los sueños ruedan

Los pequeños nos muestran su imaginación en pequeños juguetes

Aquí estamos

Aquí estamos

Con cámaras éramos el foco de atención y los niños comenzaron a salir de las casas

La voluntaria terminó de leernos la carta y alzó la vista hacia los demás. No sabíamos que decir y que responder, pero comprendí muchas cosas que antes desconocía. María, la viejecita que yacía en la cama y protagonista de esta gran historia, había apretado la mano de su hija por última vez. Como cuando estuvo al borde de la muerte mientras flotaba en el mar y la apretó para que su padre la salvase de una muerte segura. Esta vez no había escapatoria. Pero quizá fue así su última respuesta, apretó la mano de su hija para decirle: tranquila, aquí estoy, pero ahora déjame ir con las ballenas y los delfines al fondo del océano. Es mi hora.

 

Salimos de la humilde casa con cámara en mano y llegamos hasta el coche. Me senté en el asiento del copiloto y mientras nos alejábamos del barrio podía ver el mar a mi izquierda. Pensé que lo había entendido todo, pero no estaba en lo cierto. De esas pocas horas que estuvimos en aquel lugar no sabía que me había sorprendido más. Si la humildad, la generosidad, la pobreza, la alegría entre tanta oscuridad, el apretón de manos de una ancianita al borde de la muerte o la historia escrita en aquel papel rugoso y que parecía no ser cierta. Muchas cosas y poco tiempo para asimilarlas. Lo cierto es que mientras lo pensaba miré al mar y muy débilmente observé una estela de manchas en el océano. Saltaban y volvían a sumergirse en el agua. ¿Delfines?

Viaje a las profundidades de la selva

La noche llegó y con todo su esplendor pudimos escuchar por primera vez en nuestras vidas el silencio. Y es que los árboles nos hablaban en mitad de la oscuridad mientras los insectos y animales nocturnos nos daban una bienvenida que hacia encoger nuestros pequeños corazones en la inmensidad de la selva amazónica.

Dejamos la ciudad del Tena para adentrarnos en lo más profundo y oscuro de la selva amazónica. Cuatro horas de viaje nos llevaron por caminos que jamás hubiera pensado recorrer. Puentes colgantes de madera se tambaleaban a nuestro paso, como nuestros corazones que miraban el esplendor de la gran selva ecuatoriana. Estábamos rodeados de cascadas gigantes, ríos inmensos y millones de arboles. Creíamos estar en mitad de la nada y a su vez en la mitad de todo.

 

Viajábamos con otros cinco coches de seguridad. Los militares y varios policías debían acompañarnos para proteger a todas las personas del viaje. Nos adentrábamos en territorio hostil, en una tierra que no era nuestra, sino de los Huaorani. Una de las tribus indígenas que viven desde tiempo atrás en la selva y que muchos jamás han sido contactados por el exterior.

 

En ocasiones la respuesta de los Huaorani suele ser violenta, pero están en todo su derecho. La tierra que les pertenece desde milenios está siendo invadida poco a poco por las petroleras y las madereras. Estas destruyen sus hogares y sus ecosistemas para extraer el crudo con el que alimentamos nuestros vehículos. Los Huaorani no tienen voto ni opinión. Son el cero a la izquierda en un mundo cruel y despiadado.

CUATRO MUJERES HUAORANI NOS DAN LA BIENVENIDA

Familias enteras asesinadas en lo más profundo de la amazonía

Las voces corren como sombras en la noche y los secretos de lo que ocurre en las profundidades de la selva llegan a nuestros oídos. Estas tribus en ocasiones se oponen a la tala de arboles y a la extracción de crudo en sus tierras. Cuentan las malas lenguas que estos son gaseados, familias enteras asesinadas en lo más profundo de la amazonia. Las grandes empresas lo niegan, hacen oídos sordos, pero estos acontecimientos ocurren y el mundo continua.

 

Seguimos nuestro camino con inquietud y temor hasta llegar a nuestro destino. Una pequeña aldea en mitad de la amazonía. No éramos invasores, pero podrían pensar que somos parte de aquellas asesinas empresas. Bajamos del coche y las mujeres de aquella pequeña tribu comenzaron a cantar mientras nos pintaban la cara a cada uno de nosotros con un tinte rojizo. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos ofrecieron lo poco que tenían. No podía comprender como a pesar de toda la maldad que estaba sufriendo su pueblo nos podían recibir de aquella forma. Aun así sucedió.

CUANDO LLEGA LA NOCHE

La noche llegó en mitad de la selva y por primeras vez en nuestras vidas escuchamos el silencio. Cada uno de nosotros se alojó en un cabaña y con tremenda curiosidad salí a caminar un rato por los alrededores. Que extraña sensación recorrió mi cuerpo. De pronto, entre la oscuridad, unos tambores y unas tenues luces que parecían venir de una fogata. El chamán de la tribu estaba realizando un ritual que limpiaba el alma de las personas. Con pequeños pasos me acerqué y todos los miembros del ritual miraron fijamente mi rostro. Los tambores y las canciones se pararon y el chamán se acercó hacia mi para agarrarme del brazo y llevarme frente a la fogata. Me senté en un tronco de madera y el mago inició una serie de palabras pronunciadas en Huaorani. No entendía nada, pero el chaman estaba iniciando el ritual conmigo y se preparaba para limpiar mi alma.

 

 

El chamán añadió ramas al fuego, bebió un poco de ayahuasca para entrar en trance y los tambores volvieron a resonar. No recuerdo haber sentido nada extraño en mi cuerpo mientras me limpiaban el alma, pero aquellos tambores resonando en mitad de la selva más grande del mundo mientras mis ojos observaban aquel maravilloso espectáculo visual, me hicieron sentir más vivo que nunca.

"No era la música que quería escuchar, pero el ser humano volvía a convertirse en la bestia más temible"

Entre las canciones que se escucharon aquella mágica noche tuve una pequeña sensación de angustia. En mis oídos resonaban los tambores y las rítmicas voces de los Huaorani hasta que comenzaron a desvanecerse. Ahora solamente escuchaba gritos en la oscuridad, dolor y sangre derramados entre las hojas. Niños y niñas yacían muertos en el suelo amazónico. No era una pesadilla, sino la realidad. La amazonía estaba siendo asesinada en pequeñas acciones que pasaban desapercibido. Y con esos pequeños secretos las familias Huaorani eran asesinadas sin piedad. No era la música y los sonidos que quería escuchar y que seguramente ustedes querían escuchar, pero el ser humano volvía a convertirse en la bestia más temible de todas.

 

El ritual de limpiar el alma acabó y los tambores cesaron para dar así un silencio más profundo que cualquier otro y que al contrario del primero no podíamos escuchar.

Dedicado a esa gran amiga, a esa gran persona que me dió el último empujón  con estas palabras.

A los maestros

 

A los que tienen miedo

a fracasar,

a buscar,

a perderse,

a soñar,

a abandonar la comodidad,

a ser ellos mismos, 

a encontrar.

 

A los que no tienen miedo

a vivir

A los maestros

 

A los que no tienen miedo

a fracasar,

a buscar,

a perderse,

a soñar,

a abandonar la comodidad,

a ser ellos mismos, 

a encontrar.

 

A los que no tienen miedo

a vivir

"El tener cáncer y ser una persona con discapacidad no son limitaciones para cumplir nuestras metas. Solamente sentirse incapaz es lo único que puede torcer los sueños."

Yulexi

 

Por la mañana y con las primeras luces del sol abrió sus ojos verdes.  Aquel día fue diferente, levanto sus parpados y lo que observó  cambió su vida por completo. Cualquiera hubiera retrocedido, cualquiera se hubiera asustado , cualquiera hubiera abandonado en ese primer momento, pero la pequeña Yulexi no escatimó y dio un paso hacia delante. Por un momento estuvieron frente a frente, Yulexi se enfrentaba a la bestia oscura, a la caja negra de Pandora, al talón de Aquiles de todo ser humano; el cáncer. Así ocurrió en la primera batalla y en las sucesivas que vinieron durante los siguientes años. No se pregunten como, pero hoy por hoy sigue en pie de batalla con las mismas fuerzas, con las misma ganas de vivir que demostró aquella mañana. Y es que sus ojos ,cubiertos de verde esperanza, nos apuñalan directos al corazón humano para darnos el mayor de los mensajes. Amanece y sale el sol , el mundo se ilumina, levanta y sonríe porque hoy sigues vivo.

 

Nos dirigimos a Quevedo, una pequeña localidad que celebraba la entrega de títulos de grado a un grupo de estudiantes. Entre las afortunadas se encontraba Yulexi, una joven que tenía una gran historia que contar. En mitad de su carrera estudiantil le diagnosticaron un osteosarcoma. Yulexi lo superó como lo hizo con sus estudios. Ahora sigue luchando en una batalla sin precedentes que llama al coraje y al valor. Ella fue la protagonista en la entrega de títulos en la que recibió un reconocimiento a la perseverancia.

 

Le acompañamos a su casa, allí estaba su familia preparando la gran fiesta. Era un día de felicidad y celebración. Y es que allí teníamos a una heroína de carne y hueso. Como si de un libro de fantasía se hubiera escapado. Ya no eran sólo palabras o letras impresas en un papel, sino que había cobrado vida. Mucha más vida de la que podíamos imaginar.

Frente a frente nos sentamos en dos sillas y la conversación empezó a fluir. Convirtiéndose inesperadamente en una de las mayores lecciones de vida del ser humano.

-Escuché que dijiste en tu presentación: “El único límite de nuestros logros del mañana son las dudas de hoy” ¿Explícanos que significa para ti?

 

-Cuando uno toma una decisión y se traza una meta tiene que cumplirla sin miedo alguno. Porque muchas de estas dudas pueden jugarte una mala pasada. Nunca debes dudar de tus decisiones, si tomaste un camino no debes jamás dudar de ello.

 

-En el acto de graduación te otorgaron el premio a la perseverancia,¿ Por qué? ¿Qué significado tiene?

 

-Hay un dicho que me gusta mucho: el que persevera, alcanza. Yo perseveré para terminar mis estudios. Me esforcé y no paré de pensar en que lo iba a lograr.

 

-Ahora voy a preguntarte: ¿Quién es Yulexi?

 

-Yulexi es una chica que día a día lucha con los problemas y las adversidades que tiene. A Yulexi la formaron muchas cosas: personas y situaciones, la familia, los problemas, las dificultades, la enfermedad, los amigos y sus metas. Una mezcla de logros, tristezas y fuerzas de seguir adelante. Es una chica que cuando se propone algo lo consigue. Siempre de una forma honesta y humilde.

 

-¿Cómo has cambiado? ¿Quién eras y quien eres?

 

Cuando ingresé al colegio era un persona corriente, no tenía enfermedad alguna, no conocía el cáncer y sólo pensaba en mi. Nunca imaginé terminar los estudios teniendo una amputación y una enfermedad que afrontar. No es fácil asistir a un colegio junto con un tratamiento, hay que ser equivalente en ambas cosas.

 

-Cualquiera podría abandonar ¿Por qué ese espíritu de superación?

 

-Por algo soy una guerrera. Superarse es luchar con todo lo que pasa día a día y tratar de lograr nuestros sueños.

 

-Un mensaje para el mundo.

 

- El tener cáncer y ser una persona con discapacidad no son limitaciones para cumplir los sueños. Solamente sentirse incapaz es lo único que puede torcerlos.

 

-¿Qué es la belleza?

 

-Para mi la belleza es aceptación. La persona  que se acepta a si misma es bella. Con eso quiero decir que no se ve diferente a nadie. La aceptación hace que podamos salir al mundo sin miedos, sin temer al que dirán. Yo no tengo vergüenza, ni penas, ni miedos, ni tristezas; ahora soy feliz. Todo lo ocurrido me cambió. Hace unos años solamente pensaba en estar bonita y guapa para los demás y jamás para mi. Ahora ya no me importa nada de eso.

 

-¿Y la vida?

 

-La vida para mi es despertase día a día y afrontar las dificultades que uno tiene. Ahora estoy en un momento difícil de mi vida, he vuelto a recaer y he decidido abandonar el tratamiento por otros alternativos.

 

- ¿Y que significa para ti?

 

- Significa tomar otra decisión y no tener dudas. Para mi dejar la quimioterapia es seguir con una nueva vida. Ya que estas quimioterapias te encierran en un mundo que se reduce al hospital. Esta nueva vida se trata de no dudar en mi decisión, de cambiar en su totalidad la forma de pensar, la forma de alimentarse y la manera de querer con el corazón.

 

-¿Algo más que quieras decir?

 

- Que las personas se quieran tal  y como son. Por ejemplo cuando empezó mi enfermedad  fue el momento en el que valoré los pequeños momentos con la familia. Antes no valoraba salir a dar un paseo con mi madre o con mis amigos, ahora salgo con más intensidad. No debemos mirar el lado negativo de las cosas, tratar de afrontar todo los problemas y seguir adelante, sin miedo.

 

Que curiosa sensación recorrió nuestro cuerpo cuando la conversación se encauzó en este lenguaje tan profundo. En esas palabras que entran y llegan directamente al corazón sin pasar por ningún otro lugar. Yulexi ya no era un niña, ni siquiera era adolescente y parecía no ser real o humana. Incrédulos  nosotros por pensar de esa forma. Yulexi era de carne y hueso, sus palabras, sus alegrías, sus tristezas , sus miedos y sus metas eran tan reales como nuestros sentimientos.

 

 

Como personas vacías nos encontramos. Como árboles muertos que yacen oscuros. ¿No son acaso estas personas las que llenan nuestros vacíos? ¿No son acaso las mariposas que regresan a nuestro árbol  muerto y lo hacen florecer?

 

Ahora nos queda escuchar su invisible aleteo; difícil de percibir y confuso.  Solamente para valientes, para aquellos que realmente quieran sentirse vivos.

Los últimos guardianes del Quilotoa

 

“Es un gigante que yace tumbado a lo largo de las montañas, es tuerto y su único ojo es azul. Solamente en el silencio de la noche escuchamos sus voces retumbar de las profundidades de su corazón”

ACHIKILLA

Hace aproximadamente 800 años erupcionó por última vez el volcán más septentrional del la cordillera de los Andes. Fue tal la magnitud de la  erupción que los flujos piroplásticos se repartieron por todo lo largo de la costa del Pacífico. Años después se formó una laguna con 300 metros de profundidad de donde brota agua hirviendo. Su composición de minerales hacen que el agua sea de colores verdes y azules. Un lugar místico y con viejas leyendas, tan viejas como sus pobladores indígenas que viven en las afueras del cráter. Esperando que el gigante de ojo azul no despierte de su letargo. 

 

Un camino pedregoso nos dio la bienvenida a la comunidad indígena que vive en el mismo cráter del Quilotoa. Estas personas se instalaron desde tiempos inmemorables en los alrededores del volcán. Como si estuvieran plantando cara a la temible montaña que un día convirtió los alrededores en un infierno.

 

Suena una trompeta, como un zumbido que retumba entre los arboles y se pierde en el cielo azul. Era uno de los indígenas que con un cuerno animal daba el comienzo de la recogida de la Quinua. Un grano ancestral que sólo crece en las tierras altas de la cordillera de los Andes. Este  cereal fue el alimento esencial de las tribus que vivían en las montañas. Su alto nivel de proteínas y sus características han hecho de este alimento uno de los más consumidos en los países de Latinoamérica. 

 

Después de la señal del cuerno los indígenas comenzaron a cantar mientras recogían la Quinua. Sus canciones en Quichua resonaban entre las plantas, entre los granos, entre los arboles que subían a lo alto del cráter. Era un regalo a los dioses que protegen sus familias, a los dioses que les dan de comer. Era una nana al pequeño gigante de ojo azul. Al menos así decía una mujer indígena.

 

-¿Para que las canciones?

 

-Damos gracias a los dioses que nos protegen y nos dan de comer. En cierta manera tranquilizamos al gigante tuerto. Es como una nana al pequeño Quilotoa para que siga durmiendo por muchos años.- respondió la indígena.

 

-¿Sientes miedo?

 

-No es miedo, sino respeto. De día es precioso, pero de noche y con el silencio de la naturaleza se escuchan las profundidades. Desde su interior retumban sonidos, como si fueran los últimos ronquidos del gigante. Piedras que chocan unas con otras y se desgarran a 300 metros bajo la laguna. Seguimos cantando para evitar un desastre, para evitar una catástrofe. Somos los guardianes del Quilotoa, los hermanos del ojo azul.

 

Una de las muchas mujeres indígenas nos acompañaron a lo alto del cráter donde se podía visualizar toda la inmensidad de la laguna del Quilotoa. Allí observamos una de las maravillas del mundo más sorprendentes que podíamos imaginar. Un cráter de 14 kilómetros de diámetro nos entregó uno de los mayores regalos visuales del planeta tierra. Era cierto que el gigante de ojo azul existía. Allí estaba descansando y solamente podíamos escuchar el sonido de los turistas con algunos pájaros que sobrevolaban la laguna.

 

Fue una tarde espectacular, pasamos junto al lago hasta que oscureció . Solo cuando la luz se marchó y se fueron los turistas pudimos comprobar que la leyenda era real. Estábamos en silencio y la luna iluminaba el Quilotoa. De pronto unos rugidos que provenían del fondo de la laguna resonaron en todo el cráter. En ese mismo instante tuvimos miedo, pues el gigante de ojo azul estaba vivo. La única ventaja es que todavía dormía. Los cuentos y las leyendas escritas sobre el Quilotoa eran ciertas. Aquellos indígenas eran los últimos guardianes del volcán. Con sus canciones lograban tranquilizarlo y dormirlo todos los días.

Las comunidades indígenas son un tesoro que poco a poco están despareciendo por las migraciones a las ciudades y por un mundo que avanza de forma carnívora; destrozando todo lo que un día fuimos. Leíamos los bosques y dormíamos en ellos. Sabíamos predecir las cosechas con la lectura de las estrellas y descubrir los poderes de la plantas que comíamos.

 

Hubo un tiempo que fuimos personas con mucho poder. Personas que eran capaces de dormir a gigantes con sus canciones ancestrales. Melodías que todavía resuenan entre las montañas, entre los volcanes y entre lo que un día dejamos de ser.

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